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Una guerra sin armas

Miércoles, 6 de febrero de 2008 Dejar un comentario Ir a comentarios
Hace tiempo, unos dos años, que empeze a practicar el Airsoft, un hobby muy parecido al PaintBall pero que tiende a ser un poco mas realista que este ultimo.

Desde luego, para mucha gente, encontrarse a 15 o mas personas en el monte vestidos de camuflajes, portando unas replicas que imitan el armamento actual de muchos ejercitos, puede llegar a asustar.

Eso es comunmente utilizado por la prensa para atacar a este hobbym tildandolo de preligroso, provocador, y en otras ocasiones cosas peores.

Pero no siempre es asi, ha habido algunos reportajes muy buenos, que cuentan las cosas como son, ya que al final esto es un juego y nada mas que un juego.

Lean este reportaje obtenido en Hoy.es y luego opinen.

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La niebla difumina las siluetas de los combatientes. Son las 10 de la mañana y el termómetro marca un escaso grado sobre cero en Tardienta, en el corazón de Los Monegros. De una tienda de campaña, adornada con el calendario de una muchacha desnuda (‘Antonio Gracia: Afilado de toda clase de herramientas. Zaragoza’), asoman las caras de un grupo de marines. Se atan las botas, se colocan los guantes y arman sus fusiles de asalto M-4 CQB y sus carabinas Colt M-4. Otros atan a sus piernas o sobacos las pistoleras de las que penden sus automáticas: USP de Heckler & Koch, Berettas y Gloks. Esta escuadra usa uniformes Woodland (del Ejército de EE UU), ACU (empleados por los marines) y Marpat (pixelados, diseñados por ordenador, el último grito en camuflaje). Como ellos, decenas de ‘soldados’ se aprestan para participar en la Operación Kalforce II-Tormenta de los Monegros VII, todo un acontecimiento para los más de 10.000 jugadores de air soft de España.

El ‘airsoft’, explica José Ángel Soguero, cabo primero del Ejército con experiencia en misiones de pacificación en los Balcanes y presidente de la FEA (Federación Española de AirSoft), «es un deporte en el que dos o más equipos simulan en un campo de batalla actividades ligadas a la estrategia y a las tácticas de grupo». Un juego de guerra, vaya. El enfrentamiento de Los Monegros (en el que participaron 250 jugadores, previa invitación) es el más sofisticado de cuantos se celebran en España. «Hemos pasado cuatro meses preparándolo», señala Carmelo Benito, cabo primero del Grupo Logístico XXII con base en Zaragoza mientras reparte pasaportes de la República de Kaldaján, copias con los rostros de los líderes rebeldes, salvoconductos y mapas topográficos de la zona de juego (barrancos, canales de riego, el aeródromo…) donde aparecen marcadas las ciudades de Chamachichi, Kumtum y Kaldaján.

La puesta en escena es espectacular. La misión de la tropa multinacional es mantener la paz en una región tumultuosa, infestada de insurgentes que cuentan con el apoyo de la población local. El líder de los sublevados, Beto Giovanelli (Alberto Galilea en el mundo real), viste como un macarra levantino y carga en su maletín de cuero con un par de kilos de falsa heroína, fuente financiera de los revoltosos. Un puñado de jugadores viste chilabas, shalwar kameez, túnicas del desierto, turbantes y karakules (el tocado afgano) de fieltro. Incluso los hay que usan burkas auténticos comprados por soldados españoles de misión en Afganistán.

Gaitas de guerra

Al mediodía, las tropas desfilan hacia el terreno de juego. En el equipo de sonido del autobús que la Armada ha desplazado a Tardienta suenan las escocesas ‘war pipes’ (gaitas de guerra), un guiño al equipo de los Corbs de Corbera, equipados y pertrechados como auténticos soldados británicos, con las boinas rojas del SAS en la cabeza y guerreras de la II Guerra Mundial. Al lado marcha el Tercio Viejo de Monegros. Todos caminan hacia sus puestos entre jirones de niebla. Un cañón Krupp de 88 mms., veterano de la Guerra Civil, se recorta contra el horizonte.

En el puesto de mando aliado, ‘Milú’ (‘nick’ de Carlos Rodríguez Granollers, 40 años, antiguo ejecutivo en Chupa Chups) y Ramón Gómez se instalan en el centro de mando. Sus subalternos han desplegado redes de camuflaje, mesas y taburetes de campaña. A los pies de la colina, los insurgentes empiezan a tocar las narices a los efectivos aliados. Todos cumplen con celo ejemplar su misión de sacar de quicio a los soldados

-«Amigou, permiso para que pasen mis cabras, amigou…»

-«¿Quieto ahí! ¿No des un paso!»

-«No entiendou, amigou…»

-«Paisa, queremos ir a rezar…»

El nerviosismo se extiende por el ‘check point’. Los civiles se amontonan ante el control haciendo recular a los soldados (en el ‘airsoft’ está prohibido el contacto físico). Alguien dispara al aire. Tras la desbandada, los rebeldes que se han hecho pasar por pastores son detenidos.

-«Miradle el ojete… que no lleve nada encima».

-«¿Ponedle una lavativa!», bromea un miembro del retén de guardia.

Las fuerzas participantes en la Operación Kalforce se han ido diseminando por la tierra reseca. Un pelotón se esconde en un bosquecillo de carrascos y tamarises, junto al canal. Carlos, un francotirador (‘sniper’, en el argot), se arrastra entre la maleza y carga su fusil, un Accuracy L-96, con mira telescópica de 24 aumentos con nitro. Provoca una escabechina. Es capaz de hacer blanco a 80 metros (eso sí, tiro a tiro) mientras que los fusiles ametralladores de sus adversarios apenas llegan a los 40. A Carlos le llaman ‘el’hombre lechuga’ por su camuflaje, un traje gillie mimético (600 euros) al que ha ido añadiendo detalles para personalizarlo. «Conocí a un tipo que se fabricó él mismo las 700 hojas de su traje», señala David Grajera (‘Bradley’), de Airsoft Erandio y encargado de avalorianairsoft.com, una página de referencia en este mundo paralelo. Los muertos son tipos honrados. Cuando sienten el impacto (y a 30 metros es poco más que un roce, difícil de sentir bajo la ropa militar y los chalecos) levantan el brazo, se apartan de la zona y se colocan un trapito rojo sobre la cabeza. Algunos llevan el teatro más lejos y se desploman como fardos o agitan los brazos llamando a los sanitarios. Los insurgentes disparan también sobre las asistencias. No hay perdón. Los muertos se retiran en grupo hasta un punto donde, tras media hora de pausa, pueden reintegrarse al juego. «De otra forma sería demasiado aburrido», apunta el presidente de la FEA, ‘Germánico’ de ‘nick’ (apodo).

Entre los enemigos

‘Milú’ invita al visitante a darse un paseo por las líneas enemigas. Se despoja de sus réplicas y camina hacia los insurgentes. Nos dan el alto y nos obligan a ponernos de rodillas mientras nos apuntan. Pero nadie pide la documentación. Pasamos. «Podía haberlos matado a cuchillo», explica. «Sólo es tocarles con la mano … y eliminados», susurra. A nuestras espaldas se desencadena una carnicería. La escuadra de ‘Milú’ ha seguido a su jefe y le defiende a tiros. Carreras. Sudor. Gritos. Polvo.

-«Eeh, te he dado… Aquí hay mucho fantasma», protesta un jugador.

Intervienen los jueces, vestidos de forma impecable de policías militares (Mpol). Dirimen en segundos cualquier conflicto sobre las reglas del juego.

Por la tarde, después del rancho (a menudo, los jugadores toman auténticas raciones de combate del Ejército), acompañamos en una descubierta a un pelotón aliado. Uno de sus miembros se llama Pablo y viste el traje y el chambergo del Ejército español (fue soldado profesional en el Grupo de Artillería de Campaña V, con sede en Araka) y carga con una exclusiva carabina americana. «¿’Matar’ a dos vale tu vida?», se pregunta. «En la última partida que estuve ‘maté’ a 35 con un cargador de 85 bolas. Es un juego, de acuerdo, pero si te lo tomas como algo real y en serio hay que tirarse al suelo y reptar». Pablo avanza cubierto por ‘Loco’, su compañero, las armas prestas. Parece una película. Cae la tarde cuando se topan con un grupo de insurgentes. «¿Quiero fuego por el flanco! ¿Munición por el flanco!» Todos viven sus papeles con pasión. Se pone el sol y los rebeldes aprovechan que los rayos ciegan a los defensores para atacar a la desesperada. Son las últimas escaramuzas.

Luego la tropa se reúne a tomar cervezas en el bar del aeródromo. Unos sevillanos sacan un jamón. Cervezas y tabaco. Parece una cantina. «¿Sabe lo mejor de todo esto? Tomamos conciencia de que la guerra es terrible. Y nadie ha preguntado quién ha ganado», se esponja ‘Germánico’.

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